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Michel Montaigne (1533-1592)

No solo instruir, también educar. No se puede hacer una educación que esté colmada de conocimientos, pero totalmente huecas de buen juicio. 

Agosto 14, 2018

Michel Eiquem, Señor de Montaigne, es un humanista francés que, puede considerarse, la síntesis formativa, el espíritu educador de un Renacimiento que está llegando a su ocaso. Es, también, el anuncio del nuevo sol que se levanta con el nombre de Ilustración.  El espíritu educador moderno se anuncia en sus reflexiones los cuales interrogan los propósitos del conocimiento, la relación entre ciencia y naturaleza, y la importancia de la espontaneidad del espíritu humano.

Y es que la inquietud educativa se encuentra en todos sus Ensayos (1580). Durante veinte años habita sus libros y piensa en la educación de la humanidad; en especial podemos rastrear su aporte educativo en Sobre el Maestro (traducido por otros como Sobre el Pedantismo); sobre la educación de los niños (La institución de la infancia), sobre la influencia de los padres sobre los hijos (sobre los afectos de los padres sobre los hijos; y Sobre la experiencia

Montaigne inaugura una forma extraña de escribir. No hace tratados, ni exposiciones: ensaya una idea, se nutre de lecturas, compara puntos de vista, sopesa argumentos, articula proposiciones contrarias, hay buen humor y muchas paradojas. Escribe en primera persona, vive en soledad, habla consigo mismo, se contradice y, al final, no concluye nada; eso le toca al lector. El pensamiento es viaje donde no está determinado nada. Algunos lo consideran un escéptico; otros ven en él un inaugurador de otra escritura, como quien va de camino, preguntando, midiendo, sopesando, haciendo experiencia.  La subjetividad moderna se anuncia aquí.  No es el primero, ya San Agustín, en el siglo IV, había iniciado una forma de conocer que pasaba por el conocimiento de sí mismo. La advertencia de Sócrates, el primer pedagogo de Occidente, resuena aquí: una vida sin examen, no vale la pena ser vivida.

¿Instruir o educar? Es la preocupación que se encuentra en el espacio pedagógico del Renacimiento. Se trata de una época donde el conocimiento, la erudición y los saberes en todos los órdenes, políticos, artísticos, científicos, literarios, sociales, aparecen en una abundancia hasta ahora no conocidos. Una abundancia del conocimiento que produce en los que lo detentan una gran arrogancia. El Renacimiento es el momento en el que abunda el saber y escasea la modestia. La actitud autosuficiente del hombre del siglo produce en nuestro autor una crítica profunda de aquellos que se presentan como maestros del saber sin la suficiente humildad: “odio por encima de todo, un saber pedantesco”.

El aporte para la educación radica en que inaugura la pregunta por la forma de entender la erudición. Se educa para la ciencia y no para la virtud, se lamenta con frecuencia.  “Nuestros padres se preocupan de atiborrarnos la cabeza de ciencia; del juicio y de la virtud apenas se habla”.  Nos ahogamos de conocimiento, nos llenamos de saberes, pero perdemos la prudencia, no sabemos tomar decisiones, no aprendemos a vivir con otros; nos empalagamos de títulos, reconocimientos y honores; pero se pierde el sentido común y no sabemos vivir, “cabezas bastante llena de memoria más totalmente hueco el juicio”.

En el capítulo de los Maestros afirma que “nos esforzamos en llenar la memoria y dejamos vacío el entendimiento y la conciencia. Así como los pájaros van a veces en busca de grano y lo lleva en el pico sin probarlo, para alimentar a sus polluelos, así nuestros maestros picotean la ciencia en los libros poniéndosela en los bordes de los labios únicamente para desembucharla nada más, lanzándola al viento” (Capitulo 25).

No es que se trata de escoger entre instruir o educar, entre conocimiento y formación (la noción de formación aparecerá mucho después en el contexto del resurgir dela cultura alemana). Se refiere, en cambio, a lo complejo que es el proceso de la educación. En los ensayos todavía no aparecen los problemas que instauraran la educación moderna: todavía no hay maestro moderno, (el maestro al que se refiere no es al maestro de la escuela actual); ni tampoco habla de la escuela como la conocemos hoy. 

Sin embargo, Montaigne nos importa porque para nuestras instituciones una pregunta que ha sido postergada por el afán de una educación de calidad que descuida la calidez de la misma. Nos preocupa más que nuestros niños, niñas y jóvenes alcancen los perfiles técnicos de los proyectos educativos y menos por la capacidad que ellos deben adquirir en términos de aprender a vivir juntos, el sentido de la colaboración y el cuidado de sí mismo.

Montaigne advierte que, además de conocimiento, la educación es la capacidad de tomar decisiones prudentes. El conocimiento se puede adquirir en un trabajo con otros, la prudencia tiene que ver en un trabajo consigo mismo. A prender a trabajar consigo mismo parece ser el proyecto que heredamos de Autor de los Ensayos.  Un trabajo necesario para que la ciencia no se vuelva contra nosotros mismos.  Con Montaigne se gana una inquietud, inaugurada por Sócrates, de una vida examinada y que nutrirá el horizonte formativo del saber pedagógico.

Palabras clave: instrucción y virtud, saber pedagógico, formación de maestros

 

 

Rafael Reyes Galindo

[email protected]

Facultad de Educación

Pontificia Universidad Javeriana

 

   

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